La inocencia duró apenas nada

Por Elena Mendoza

Mi primer regalo fue un balero, seguido de un hermoso trompo de madera. Soy la primogénita y como en toda familia antaño y tradicional por supuesto que mi padre esperaba la llegada de un varón, con esto no quiero decir que al escuchar las palabras "es una niña" se me recibió con menos cariño y amor.

Así empezó la aventura de calcetitas de olán, moños, diademas, zapatitos de charol y vestidos con crinolina que al dar de vueltas te convertían en un enorme y colorido reguilete, era emocionante ver como el vestido se levantaba. Los lindos y frágiles juegos de té, las increíbles muñecas que abrían los ojos cuando las levantabas y al acóstalas mágicamente los cerraban. Como olvidar lo fascinante que era jugar con el lodo, apilar una y otra capa para formar el más alto de los pasteles y convertirte así en la mejor repostera, la victoria venia cuando no desmoronaban. Las hojas de los arboles eran "comidita" y el mejor de los morteros era una pequeña piedra que al golpearla contra el suelo te ayudaba a machacarlas. Crear platillos increíbles era realmente sencillo. La infancia transcurría jugando a los hilitos y compartiendo los fines de semana con los primos.

Los días de inocencia también traen consigo la encomienda de que por ser niña debes de ser dulce, tierna y femenina; la primera regla básica es sentarte con las piernas cruzadas y siempre procurar llevar un short corto debajo del vestido, "no te vayan a ver de más". Ser niña es equivalente de delicadeza y es una verdadera tristeza que desde que yo recuerdo ha sido un sinónimo de peligro; porque las niñas "peligran"más que los niños. A mis seis años de edad eso no me hacía ningún sentido, pero cuando cumplía mis doce muchas cosas empezaron a tenerlo.

En la adolescencia, a los chicos se les ensanchan los hombros, aparece el vello facial y la voz se vuelve más grave. A las chicas nos crece el busto y las caderas, las mujeres somos más friolentas y un dato curioso es que somos mejores nadadoras. Nuestra piel es más delgada y receptiva al tacto. El peso, la talla, la capacidad pulmonar, la masa muscular, la temperatura corporal, el consumo de calorías y el tamaño del corazón de los varones es superior al de las hembras. Somos diferentes, sin lugar a dudas, pero a partir de este momento las mujeres nos convertimos en el blanco perfecto de las miradas, esas que son lascivas, que te desnudan. Entiendes ahora lo que los padres y las abuelas decían acerca del peligro. Prohibido andar sola, prohibido andar de noche, cuidadito se te ocurra pronunciar tus curvas con una falda, y aunque no lo hagas, físicamente ya resaltas y parece que nuestra anatomía fuese una maldición.

Comienzas a sentir miedo porque te enseñan a desconfiar de todo. Puedes imaginar el nerviosismo que se siente cuando camino a casa después de la secundaria te das cuenta que te viene siguiendo alguien, lo horrible que es cuando comienza a chistarte y si aceleras el paso sientes como lo hace también; las piernas te tiemblan, el corazón se te acelera y lo único que quieres es llegar a un lugar rodeado de gente para poder escabullirte. Conoces el terror que da pasar por una calle obscura porque saliste tarde del trabajo o de la escuela. Te han contado como en ocasiones nos vemos obligadas a cruzar la cera para no pasar por en medio un grupo de hombres que en más de una ocasión te han lanzado sus comentarios subidos de tono. ¿Crees que esto nos gusta? ¿Crees que es justo que encima te digan que tú tienes la culpa? Y no, no estamos exagerando. Puedes pensar que no es para tanto pero hay muchas historias que nos cuentan como si lo era.

En promedio cada día nueve mujeres son asesinadas en el país según datos de la ONU, del 2015 a la fecha suman 3200 feminicidios a nivel nacional, solo de enero a junio se han registrado 470 casos. De enero a agosto 292 mujeres han sido víctimas de abuso sexual solo en la CDMX. En muchos de los casos la violencia la ejercen parejas, esposos, exnovios o exesposos de las víctimas, en los demás las victimas solo salían de sus trabajos o escuelas cuando fueron atacadas.

A mis seis años cuando la magia, la fantasía los juegos y las risas eran parte de mis días, el único miedoque sentía era creer que "TITINO" (el muñeco ventrílocuo de un amigo de mi papá), saldría debajo de mi cama, moviendo sus feas cejas diciendo mi nombre. Ese miedo no se compara con el terror de saber que por ser mujer estoy en un latente peligro de ser violentada, violada o asesinada. La inocencia duro apenas nada.

Queremos regresar a casa tranquilas y seguras, no hay provocaciones ni excusas que valgan para que no sea así, nos lo merecemos, se tata de respeto.