Somos fuego y raíces, de nuestras ancestras, sanamos las cicatrices

Por: Laura Salgado

Ni sumisa ni blanco fácil de las provocaciones patriarcales. Así recorro mi mundo, cuando descubrí que estoy para ser feliz y he librado tantas batallas, teniendo claro que lo que yo deseo es totalmente válido. Harta de ser etiquetada, cuestionada e invisibilizada. No me interesa cuadrar en el molde, me he emancipado de las cadenas de la culpa, la vergüenza y costumbre. Elegí el camino de la bruja, de la que grita fuerte y levanta la cara después de la guerra.

Al principio, cuando nos asumimos como mujeres que estamos cansadas profundamente de los mandatos patriarcales, entramos en un colapso psicosocial, buscamos desesperadamente respuestas, dónde la minada autoestima o el censurado placer, se encuentran. Las dudas se disipan poco a poco, desde niñas hasta ser mujeres adultas, conectando con las ancestras profunda y significativamente.

El desafío es poder palpar nuestras heridas, para llorarles, para pedirnos perdón. Ahí, en el reconocimiento y conciencia del dolor, las mujeres comenzamos a alzar la voz; con nuestra familia, amigos/as, escuela, trabajo o entorno social en general. Nos comienzan a ubicar como subversivas, como rebeldes, como las locas que queremos destruir lo previa y patriarcalmente establecido. El despertar de las mujeres nace de una duda, en ese momento que cuestionamos el ¿por qué? y el ¿para qué? de cada una de las vivencias y decisiones en nuestra vida.

Dolorosamente somos enteramente conscientes de la guerra internalizada desde los hogares hasta las calles, vemos las noticias y se nos arruga el corazón de ver que otra de nosotras le ha sido arrebatada la vida, el mensaje social que representa y el cuestionamiento constante: ¿seré la siguiente?, mientras guardamos nuestro gas pimienta, seguimos aún con miedo y avisamos a nuestra red de apoyo que nos desplazaremos a otro punto, por si desaparecemos, por si nos matan, por si aún así nos siguen buscando.

Es interesante como las revelaciones van llegando una a una, decidiendo sobre nosotras mismas y la huella que dejamos en nuestro mundo, analizamos lo siguiente:

Nuestro cuerpo:cuándo nos hemos mirado desnudas completamente y nos sumergimos en el mar de nuestro placer, a solas y en segundos. Amar nuestro cuerpo, es el primer paso de la revolución.

Nuestro orgasmo: abrirnos totalmente a descubrir nuestro sentir, saber que el clítoris es el órgano que su tarea exclusiva es brindarnos placer. Fingirlos, son el resultado de la imperativa consigna por complacer al otro. La ablación, es la anulación de nuestra libertad y la confirmación del consumo de cuerpos como vía para reconocernos.

Nuestra familia:los discursos sobre los estereotipos de género, de la construcción social de ser mujeres y el "deber ser". El primer reto es reconciliarnos con el costo emocional de la indolencia generacional frente a la supravaloración de lo masculino y la infravaloración de lo femenino. Ver a nuestras ancestras desde la sororidad, de comprender que haber dicho que "no" a los mandatos, las habría segregado como parias, pero también permanecer, mermó su salud física y mental.

Nuestras relaciones: el consentimiento como eje central y la esencia de que nuestro cuerpo no es territorio de conquista, la realidad tortuosamente sigilosa del amor romántica. Para procurar al otro, hasta amarle más que a nosotras mismas. Decidir lo mejor para mí y me alejo, hace agonizar las violencias machistas. Nos vuelve las putas, las locas e intensas para quiénes recibieron un no.

Nuestra salud y autocuidado:la vida se nos va y con ella, la forma en la que cimentamos nuestra calidad de vida, las conductas autolesivas como practicas nocivas cotidianas a derrocar y tener claro que no somos el basurero emocional de nadie, por más que le amemos. Vivimos más, pero nos vamos a pedazos. Ahí radica la insurrección, vivir más y bien.

Llorar en un espacio en silencio, decir ¡estoy hasta la madre! o abrir los brazos para que, en sororidad, seamos consoladas por el dolor que podamos sentir.